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“Acabo de hablar – por teléfono- con el coyotero-, sobre el trato para ir a los Estados Unidos. Debo transferir quince mil cuatrocientos dólares hasta “llegar al otro lado”. Se paga por partes mientras dura el viaje entre Ecuador y la frontera”. Con estas palabras, Diego (nombre protegido), le cuenta a su esposa, sobre la intención de migrar hasta el “país del norte”. Las deudas impagables no esperan, no hay empleo que perdure ni negocio que rinda. Lo ha intentado una y otra vez, lo ha pensado tanto. No tiene otra alternativa, debe partir.
Inevitablemente, esta situación se me hace familiar, y es imposible no retroceder al final de la década de los noventas, cuando surgieron las más agresivas cepas de la pandemia de la migración. Estamos frente a una nueva ola, que se está llevando, sin siquiera darnos cuenta, a decenas de miles de compatriotas. Las razones de esta huida son obvias: los bolsillos están vacíos, también las esperanzas.
La historia de “Diego” se repite de manera apocalíptica todos los días en las comunidades del país, con más inclemencia en el sector rural. Padres, madres, hijos, hermanos y vecinos que abandonan sus hogares pretendiendo el “sueño americano”, “europeo” u otro parecido, pero lejos de casa. Como es conocido, hoy se echa mano de varias opciones para ingresar y quedarse en suelo norteamericano: el visado de turismo, por ejemplo, o el más frecuente y agresivo: los pasos clandestinos del norte, entre Ciudad Juárez (México) y El Paso (EEUU), habitualmente.
En julio de 2021, 15 mil 654 ecuatorianos viajaron de Ecuador hacia México. ¿Qué creen? De ese número, solo 5 mil 654 retornaron. Lo más probable, aunque no hay datos exactos, es que la mayor parte de compatriotas, hicieron del país azteca, el peldaño para cruzar hacia los Estados Unidos.
En contraste, las cifras de deportaciones también entumecen: 45 mil 589 coterráneos han sido detenidos, expulsados o deportados, entre enero y junio de 2021. Por desgracia, a largo de los últimos años, no se ha vuelto a tener rastro alguno de muchos de ellos.
La muerte es otro fantasma que rodea al fenómeno de la migración. En junio de 2021, la suerte no anduvo con Ruth P. Ella partió hacia el norte junto a un pariente, desde el cantón Yantzaza, provincia de Zamora Chinchipe. No contaba con que no resistiría las largas caminatas y condiciones infrahumanas del desierto. Sus fuerzas se agotaron y su corazón se detuvo. Murió con un infarto en los brazos de su hermano, que no pudo hacer más que verla agonizar. Pero la tragedia no termina ahí: este último fue apresado por pretender ingresar como ilegal. Parece un cuento, pero es real.
Las frágiles y extrañas políticas migratorias norteamericanas, al igual que el débil acompañamiento estatal ecuatoriano en temas de movilidad, han profundizado este fenómeno. Como no puede ser de otro modo, la obtención de pasaportes en el Registro Civil está por las nubes, ya que desde el año 2018, el Gobierno mexicano eliminó la visa de ingreso para los ecuatorianos.
Ironías de la vida: aeropuertos como el de Latacunga, que en el pasado no contaban con vuelos comerciales, debido a la flacidez de este mercado, hoy han retomado actividades debido al auge de migrantes, con rumbo claro de partida, pero incierto de retorno. Todos los vuelos desde esta terminal hacia México van llenos. Antes había únicamente un vuelo chárter los sábados, hoy casi todos los días despega un avión con ese destino.
El sociólogo y experto en movilidad humana Germán Cárdenas, habló para El Universo y aseguró que “el país está frente a una nueva ola migratoria” generada por escenarios como la pandemia, la falta de empleo, acceso a créditos y mínimo apoyo para emprendimiento”. Las grietas de los países de Centro y Norte América hacen que llegar al extranjero sea hoy una opción menos complicada y más apetecible.
La migración tiene todos los rasgos de una pandemia: contagia, enferma y mata, y se queda entre nosotros; genera picos altos y bajos ¿Hay vacuna?, sí: reducir la brecha de desigualdad en las naciones. Sin embargo, todo es preventivo: debemos aprender a vivir con ella.
Entender los efectos de este destierro, implica ser conscientes de los estragos: pérdida de población económicamente activa, abandono de hogares, fuga de cerebros, y una fragmentación familiar lacerante de la que no hay retorno.
Guido Delgado
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