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El peor final posible por Guido Delgado

El final de un gobierno genera siempre expectativa, afectos y desafectos. Una sensación propia del ocaso. Sin embargo, el caso de Lenín Moreno desconsuela. No se producen sensaciones de nada, o al menos no se discute nada en función de su gestión. Se habla solo de sombras. Lo que si queda, es una estela de temor, decepción y preocupación. El pronóstico de los días que se avecinan es agrio. Tendremos que ser todavía más fuertes para sostener al país, que él mismo aseguró, no quiso gobernar nunca…Nos lo hubiera dicho antes: seguro nos ahorrábamos este mal momento.

“Carrera de caballo, parada de burro”. De esa forma inició su travesía en el cargo más importante de la nación, quien en otro tiempo fue impulsor de proyectos reconocidos a nivel regional y mundial, como la misión Manuela Espejo. El personaje de sonrisa sarcástica, vitoreado por grandes y chicos, pasó de la luz a la oscuridad, haciendo méritos incluso, para obtener tal nivel de rechazo.

Aún están frescos los recuerdos de aquellos días en que Alianza País, y el Correísmo le “encargaban” al son del júbilo, el trono para que pueda “continuar el proceso revolucionario”. Todo era cuestión de horas: ese ingenuo propósito no se iba a cumplir, primero porque Moreno siempre fue tibio y esquivo cuando había que ponerse la camisa verde, segundo, porque no iba a aceptar imposiciones. Y así ocurrió. El hombre fue muy astuto. Este es solo un preámbulo de su génesis política, que también influiría en el quebranto de su carrera.

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Moreno, en 2017, inició su mandato con un 77% de aprobación y lo concluye con un 4% de credibilidad y un 6% de aprobación. La aceptación popular y el desempeño más bajo que jamás nunca ha tenido un presidente saliente, según varios analistas. A nivel de la región, el mandatario con la peor imagen presidencial, entre trece países. No se trata solo del gobernante, la reputación de todo el país se va al traste. Sus desaciertos en gestión política, manejo de la economía, empleo y, sobre todo salud, lo han arrastrado a una oscura fosa sin retorno. Qué mas da, no pudo hacer mejores cosas, “porque no tuvo un mejor pueblo”.

Entiéndase, cada ciudadano puede tener su propio punto de vista con respecto a la gestión de uno u otro presidente. Para unos este fue un gobierno aceptable, para otros, una eminencia, y para muchos otros, un fracaso rotundo. Eso es subjetivo.

Lo que no puede ser subjetivo es la nula empatía y eficiencia que demostró, sobre todo en el tramo final, con respecto a las demandas sociales, particularmente de los sectores más vulnerables. Basta con recordar, cuando una dama le suplicó que tenían hambre, pero la refutó diciéndole que por su aspecto físico (obesidad) estaba bromeando; que los ecuatorianos, en el lugar que fuere, no padecían hambre. Infame: Ecuador ocupa el peor lugar en la región, en el índice Global del Hambre, según los datos de las Naciones Unidas.

En asuntos de deuda pública, Moreno Garcés deja al país con las cifras más críticas de los últimos 20 años. 70 mil millones de dólares por pagar. Literalmente al borde del desahucio. Lo peor de todo, esa avalancha de dinero sirvió poco o nada para atender los asuntos más críticos de la nación.

Si a esto le sumamos la ineficiente coordinación entre sus ministerios, la inconclusa aplicación de las políticas públicas más elementales, el amargo sentido del humor que concibió; y, sobre todo, el horroroso manejo de la pandemia por COVID-19, el resultado es una tragedia.

Recordarles que la emergencia sanitaria vino con corrupción incluida. Personajes del Gobierno, en contubernio con mafiosos, se metieron como “Pedro en su casa” a las arcas fiscales, inflaron facturas y se retiraron por encima de los cadáveres de la enfermedad.

En Zamora Chinchipe, por ejemplo, se estima que no logró inaugurar ni una sola vivienda de los conjuntos habitacionales del Plan Casa para Todos. En el aspecto laboral, Moreno propuso crear 500 mil plazas de trabajo en cuatro años a lo largo del país, cosa que no ocurrió, y más bien el desempleo aumentó en un 5,7%. 

Este es solo un breve pensamiento de los cuatro largos y tenebrosos años que fenecen. Queda aún mucho por contar, cabría bien en un libro. Cada persona tendrá su propio criterio del dignatario: si cumplió o no sus expectativas, si fue solo una marioneta, si las condiciones no le fueron favorables para gobernar, en fin. El nuevo Gobierno tiene un desafío enorme. Procuremos al menos, en la próxima ocasión, no darnos cuenta muy tarde de la herida, porque la hemorragia puede ser mortal.

Guido Delgado

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