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EL falso desarrollo por Aida Maldonado

Una celebración rimbombante de un acuerdo entre dos partes, como si la gente, el pueblo fuesen solo dos partes en discusión. Lo urgente es tratar la enfermedad y dejar de consumir fármacos que alivian el dolor momentáneo; el fármaco es remedio y veneno al mismo tiempo. En esta línea recuerdo las palabras de Darío Sztajnszrajber, al final nuestra realidad no es excluyente, ni cerrada, lo que diferencia a las cosas “no es más que una decisión política, esto es una cuestión de poder”.

El puente caído no es la discusión central, nunca lo fue. La promesa del puente, puso, de golpe, en evidencia el falso desarrollo que se nos vende mediáticamente, pues el desarrollo es con la gente, no sin ella y, lo más urgente, es con la naturaleza.

Nuestra historia, la que no está escrita en los libros que nos vienen desde Quito, esa historia oral, nos recuerda de vez en cuando que, después de 500 años de minería en Zamora Chinchipe, se sigue reclamando los mismos “derechos”: agua potable, saneamiento ambiental, trabajo, nueva agricultura, turismo, fomento del comercio local, educación de calidad, gratuidad en la salud, vida digna, respeto a la diferencia y a la naturaleza (la lista sigue). Pero el curso de la historia colonial nos sugiere, siempre, ubicarnos en una zona pasiva con voces que gritan cuando el puente se cae.

Desde 1809 celebramos la independencia, esta falacia de antigüedad nos conduce desde un colonialismo hasta la colonialidad, lo que significa que el proceso de dominación no ha concluido y para su continuidad la mejor estrategia es dividir para vencer: entre hombres y mujeres, entre zonas rurales y urbanas, sociedades industriales modernas y sociedad subdesarrolladas.

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 Por ejemplo, María Mies explica que se ha demostrado que la pobreza de los países latinoamericanos no es el resultado un retraso “natural”, sino la consecuencia del sobredesarrollo de los países industriales “ricos” que explotan violentamente a los países de Suramérica. Así que la frase “es pobre porque quiere” queda fuera del debate, pues en la colonialidad se requiere la aceptación emocional y epistemológica de los colonizados y colonizadas. Dentro de este proceso de aceptación buscamos llegar a ese estilo de vida de “los de arriba”. Recuerden, la colonización usó la fuerza al inicio, ya en la colonialidad la dependencia económica, la modificación de leyes son parte del falso consenso entre las partes. Es decir, terminamos aceptando nuestra decadencia porque “así es la vida”.

Otro ejemplo es que el crecimiento de los países industrializados lo terminan pagando los países colonizados del Sur, los salarios de los trabajadores de los países industriales son diez veces más que la de los trabajadores de Latinoamérica. Sin embargo, en el escenario de esa división los costes económicos, sociales y ecológicos lo pagan quienes sobreviven en la tierra dominada y explotada.

La solución es desmontar todo lo conocido, no callar, no esperar, y, sobre todo, involucrarnos políticamente desde todos los espacios en los que nos desenvolvemos diariamente, sin partidismos o centralismos, que la lucha no se incline a un color, ni a una sola voz, solo así en un incesante proceso de transformación las voces colectivas y diversas cambiarán la realidad del presente.

Aida Maldonado 

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